Cada espejo nos devuelve una imagen distinta. Pero aquello que anhelamos nos constituye, vive en nuestra esencia.
El sólo hecho de quererlo hace que de alguna manera ya esté aquí, en cada uno.
MAY
2
Les Fleurs du mal
Escrito en la categoría de Delirios

Una voz no puede llevar consigo la lengua y los labios que le dieron las alas” (K. Ghilbran)

Recuerdo aquel parque y recuerdo también que solo pensé en golpearle hasta verle sangrar. Ya habia imaginado muchas veces su rostro bellísimo, como de ángel, enturbiado con algún gesto de dolor, o con esa sombra que lleva la mirada cuando uno ha tocado fondo alguna vez. En ese momento, la ira que sentía dentro de mí me impedía pensar con claridad.

Yo era muy joven cuando le conocí. Le vi en ese pasillo, rodeado de gente. ¿Cómo asimilar que la belleza soñada hace dos mil quinientos años por un griego estaba allí, materializada, en un rincón de la facultad, con Madame Bovary bajo el brazo? Era una hermosura más allá de los sexos y de los límites masculino-femenino que nos impone la sociedad y la naturaleza. Yo estaba sentada y él pasó de largo. Ni siquiera me vio. De hecho, y a pesar de coincidir en varias clases desde entonces, tuve durante mucho tiempo la sensación de que no me veía; a pesar de compartir mesa y apuntes de vez en cuando, no podía evitar sentirme pequeña y absurda a sus ojos de un azul inalcanzable.

En el cine, hay actores a los que, una vez aparecidos en pantalla, resulta imposible no mirar. Da igual si en la misma escena hay otras diez personas. Todos los espectadores, sin distinción de género, son arrastrados por aquella presencia resplandeciente. Él (no quiero pronunciar su nombre ni darle uno falso), él era así.

Pronto me di cuenta de que ninguna de las estrategias de seducción al uso me funcionaría. Parecía tener sus propias normas sociales y vitales. Dormía poco, leía mucho. Descubría pequeñas maravillas en nuestra realidad cotidiana en las que nadie reparaba y sin embargo, se le escapaba lo más evidente, mi amor absoluto hacia él; un amor, que tácitamente era rechazado. Un regalo que quedaba sin dueño, arrinconado, sin haber sido abierto aún.

En cada encuentro (por fin a solas) nuestras conversaciones se alargaban más y más. Recuerdo un sábado que comenzó desayunando cerca de la Plaza Mayor y acabó paseando ante el Museo del Prado, charlando sobre pintura mientras se encendían las farolas y comenzaba a hacer frío. Cuando hablábamos de nuestros sentimientos siempre era con referencia a terceras personas. Teorizamos mil veces sobre el enamoramiento, la pareja, la infidelidad... nos reíamos del romanticismo y nos despedíamos con dos besos al pie de mi autobús, al que me acompañaba amablemente.

Tras mi sonrisa amistosa de aquel momento se escondía un deseo abrasador de besarle, de decirle que no soportaba su ausencia, de expresarle mi total devoción, como solo se ofrece a un ser que está en otra esfera de la existencia, lejos de todo lo impuro e imperfecto que hace del género humano lo que somos.

Pasados unos meses yo había perdido toda esperanza acerca de una relación diferente de la que dominaba nuestro universo particular, intelectualizado y etéreo. Él jamás se pronunciaba al respecto, y yo, por puro egoísmo, por pura salud mental mía, decidí dejar de verle. No tuve valor para hablar. Distancié las citas, acorté las conversaciones telefónicas.

Lloré.

Tras un par de años de silencio, un día recibí una llamada. Estábamos en primavera. Era él. Había encontrado entre sus cosas un libro mío y quería devolvérmelo. En todo ese tiempo yo había logrado dulcificar su recuerdo, encontrar el lugar adecuado en mi mente para ubicarlo allí, sin que me incomodara ni me atormentara su presencia; clasificar aquel dolor, como hacemos siempre con todas las cosas, darles un nombre, archivarlas.

Ya no existe en ese parque el banco en el que nos sentamos. Me hubiera gustado volver allí alguna vez. Llegó puntual, contra su costumbre. Estaba cambiado. Por primera vez sentí que fluía la sangre por sus venas, sus ojos me veían a mí, sus brazos me rodearon amistosamente. Alabó mi aspecto y sentí un escalofrío. Me prestó su chaqueta. Tenía mi libro en la mano, pero no me lo daba. Lo retenía sospechando que al desprenderse de él daba un adiós definitivo a todo lo que fuimos, a aquella esencia incontaminada e imposible de nuestra adolescencia, que se había ido desvaneciendo con el tiempo y las frustraciones. Fui consciente en ese momento de que ese libro, que me pertenecía y que había permanecido tantos años con él, era nuestro último vínculo.

- El libro era una excusa para llamarte. Sé que sufriste, aunque nunca lo dijeras. Sé lo que yo significaba para ti. Pero no estaba preparado para ese amor. No era el momento. Tú no me conocías; en realidad no me conoces. No era de mí de quien estabas enamorada... Yo nunca te hubiera hecho daño... He necesitado todo este tiempo para darme cuenta... no soporto tu ausencia, quisiera besarte.

Todos los sentimientos tan celosamente guardados se transformaron en un aluvión de ira. Solo pensé en golpearle, en gritarle, en transformar en violencia esa necesidad de contacto físico que había sentido durante tantos años. Me irritó profundamente que esa oportunidad de un momento feliz junto a él hubiera sido descartada desde el principio por aquellos pensamientos enrevesados, incomprensibles para mí. No entendía nada.

- Me caso el mes que viene- le dije, intentando controlar mi emoción- No me hagas esto.


Se quedó helado, pero se sobrepuso enseguida. No quise o no me sentí capaz de asimilar sus palabras, de creerlas y asumir todo lo que eso significaba.


- ¡Vaya!- sonrió, tratando de aparentar una resignación que no tenía-, hemos ido a destiempo.


Charlamos un rato. Bromeamos sobre el romanticismo. Me acompañó al metro. En las escaleras vi temblar levemente su mano blanquísima, mientras me devolvía el libro.

Varias veces le he llamado, tras mi divorcio. Siempre coincide con la primavera, como esa cita en la que me devolvió tantas cosas junto con aquel Baudelaire. Siempre responde una señora mayor con una voz triste, parecida a la de su madre.


- Aquí no vive nadie con ese nombre, lo siento.

 

Ahora le creo.



Escrito por Iriss el 2 de mayo del 2008 (0 Comentarios ¡Sé el primero en hacer un comentario!)


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