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Luis era actor y acababa de llega de Barcelona. Yo tenía 20 años y él algunos más. Cuando entré en clase ya habían empezado a leer el texto de Strindberg que había que analizar. Su voz era densa y cálida. Me llamó enseguida la atención. Durante aquellos segundos en los que miré sin ser vista, pude notar el efecto que su lectura tenía sobre el resto de alumnos (de alumnas, mejor dicho) que estaban escuchando.
- Como le gusten las tías, éste se va a poner las botas-, pensé.
En la primera pausa, levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los míos. Al retomar la lectura su voz había cambiado: era más dulce, más tranquila. Volvió a observarme al terminar la siguiente intervención y yo comencé a sentirme incómoda y halagada al mismo tiempo. Al terminar la clase me acerqué para presentarme. Al fin y al cabo éramos compañeros de curso, aunque él sólo se quedaría unos meses. Después se marcharía a Londres con una beca. Me tenía fascinada, era atractivo e inteligente, con las ideas muy claras. Parecía haber estado en todas partes y haber leído casi todo. Se había buscado la vida desde que era adolescente y eso le hacía parecer mayor de lo que era.
- Escuché tu lectura. Tienes una voz muy expresiva- le dije.
Sonrió espontáneamente, mientras me sujetaba la puerta de la cafetería.
En cuestión de minutos llegamos a una charla un poco íntima para una primera conversación.
- A mi me encanta el sexo, no es que sea un adicto, pero me parece algo fundamental. Me da energía.- dijo.
- Si, pero es que tu no te planteas una relación seria. Me estás describiendo encuentros muy superficiales.
- "Seria", esa palabra suena a una pareja aburrida de verse las caras, que siguen juntos por inercia, a pesar de que existan terceras personas que les atraen sexualmente.
- ¿Pero tu vas por la vida follando (con perdón) según te surge?
-Bueno, es una forma de decirlo, sí.
- ¿Y no crees que esa promiscuidad le quita valor al acto en sí? ¿que al final el sexo termina siendo tan habitual y tan prosaico como el desayuno de la mañana?
- Si le diera tanta trascendencia al hecho de hacer el amor como se la das tu, sí lo creería, pero para mi es todo mucho más sencillo: te gusta alguien, tu le gustas... pues se folla y punto. ¿Qué hay conexión y la cosa puede durar? genial. Pero es que enseguida ese amor pasa a ser entendido como posesión y empezamos con los celos, con las exigencias. Mira, yo soy muy claro, no engaño a nadie ni prometo cosas que no voy a cumplir. Las mujeres con las que me he acostado saben lo que hay. Si lo quieren lo toman y si no lo dejan. Yo me entrego a fondo, disfruto y hago disfrutar, pero no soporto ese lado trágico del amor, tal cual lo entiende nuestra sociedad.
- Y ¿cómo te ves de aquí a 30 o 40 años? El atractivo que tienes ahora no va a durar siempre. Hay un libro de Schnitzler, donde se fabula con la idea de un Casanova anciano que todavía sigue persiguiendo a jovencitas. Resulta patético.
- Bueno, para ese entonces espero haber encontrado ya a la mujer de mi vida y estar felizmente casado y rodeado de nietos.
- ¿Ves? en el fondo eres un idealista y aspiras al amor verdadero y a esas cosas que salen en los cuentos.
Sin darnos cuenta pasamos la tarde juntos, hablando de todo. El recuerdo de su voz pobló el silencio nocturno de mi habitación y tuve sueños deliciosos donde me susurraba al oido palabras desconocidas, en todas las lenguas de la tierra, mientras acariciaba mi pelo con suavidad.
Otra tarde aparecieron mi amiga Olga y Carlos, un ex mío, con el que conservaba una buena relación. Pensamos tomarnos una copa y Luis se apuntó. Olga parecía entusiasmada con él.Yo les observaba divertida, con el interés del zoólogo que estudia los rituales de cortejo en una especie animal. Olga nos invitó a su habitación a tomarnos la última. Vivía en un piso compartido, en Chueca, y su casa era siempre un desfile de gente rarísima, todos muy vanguardistas, bohemios, alternativos y "colgados" varios. Ese día no había nadie.
-Me gusta tu amiga- me dijo Luis
- Pues ya sabes, tíratela-
- Ya, es lo que voy a hacer- respondió, sin ningún rubor.
Sacamos unas copas y nos sentamos en el sofá. La cosa empezó a desvariar y Luis, sentado entre las dos, empezó a acariciarnos las piernas, bromeando acerca de quién tenía más cosquillas. Entonces Olga empezó a besarle y se acabó el juego, porque el interés de ellos se centró a partir de ahí en el apareamiento sin reservas ni prejuicios, mientras Carlos me miró y me dijo:
- Ya que estamos, podríamos follar nosotros también.
Yo solté una carcajada y le invité a un café del bueno en el bar de abajo. No sentí celos al pensar que podria ser yo la que estuviera acostándose con Luis ese día en vez de mi amiga. Me sorprendí alegrándome por el hecho de que él, en ese momento, lo estuviera pasando bien.
-Soy una imbécil-, pensé.
- Tu amiga es una loba- me comentó al día siguiente- No me dejó ninguna opción.
-¿Qué querías? ¿No viste cómo te estuvo mirando toda la tarde? Estaba claro que iba a aprovechar la primera ocasión.
- Yo también hubiera aprovechado la ocasión contigo, pero no me dejaste.
- Bromeas; tienes a todas las tías que quieres. Ni se te ocurra pensar que vas a follar conmigo. Para ti soy una más y yo no lo hago con cualquiera, lo siento. Estaría descompensado. No pienses que soy una estrecha, es solo que valoro estas cosas de forma diferente a la tuya.
A los dos días llegó a clase acompañado de otra alumna del curso, con unas ojeras que lo explicaban todo. Me miró de una forma muy extraña, que no supe interpretar. A la salida de clase me dijo que se marchaba en un par de días. Le había surgido una oportunidad de trabajo en Londres y adelantaba su viaje. Quería invitarme a cenar la tarde siguiente. Acepté desconcertada, casi sin poder reaccionar.
Cuando llegué al restaurante, él ya estaba esperando, con una copa en la mano y una actitud diferente, muy cercana. Hablamos de su viaje, de su vida y de los trabajos más variopintos que había tenido. Cuando nos cerraron el local salimos a dar un paseo y él posó su brazo sobre mi hombro. Yo no dije nada al respecto: tenía frío y el calor de su cuerpo junto al mío me resultaba muy agradable. Me apetecía abrazarle, besarle... pero sabía que eso solo me llevaría a una sensación de vacío tristísima en unas pocas horas. Mejor no empezar nada.
- Bueno, ¡vaya éxito has tenido en Madrid! ¿Cuántas han caído?
No me respondió. Besó mi frente con exquisita ternura y mirándome fijamente dijo:
- Me gustaría que vinieras conmigo a Londres. No ahora, ni dentro de un mes, cuando prefieras. Quiero que vengas conmigo. Quiero verte todos los días
Sentí un escalofrío. Traté de que no se notara sin aparente resultado. Me invadió un miedo extraño, que nunca antes había experimentado.
- Perdona que sea tan poco romántica, pero no entiendo este arrebato tuyo. Empiezo a pensar que vas a tientas en esto de las relaciones y en el fondo no sabes lo que quieres. Me sorprendes.
-No sabía lo que quería, pero ahora si lo sé. Eres distinta. Me gustas muchísimo, pero no es solo eso. Siento que puedo confiar en tí, que puedo ser yo mismo contigo y expresarte todo lo que se me pasa por la cabeza.
-¿Me estás proponiendo una de esas relaciones serias "típicas de una pareja aburrida de verse las caras, que siguen juntos por inercia, a pesar de que existan terceras personas que les atraen sexualmente"?
- ¿Has memorizado todas mis frases?
- No, sólo esa- dije sonriendo.
Me puso frente a él, acariciando mi mejilla.
- Hablo en serio, Iris.
- No me siento capaz de responderte. Estoy tratando de averiguar si estoy enamorada de tí. Esta historia me sobrepasa, lo siento.
- Piénsalo
Me acompañó a la puerta de mi casa. Me besó.
Le volví a ver de lejos, en el aeropuerto, al día siguiente. Fui a despedirme de él con una mezcla de desolación y alegría de lo más atípica y confusa. Lamentablemente para él, o para mí, o para nadie, ya se me habian adelantado. Allí estaba aquella compañera del curso, medio llorosa, acariciando una de sus preciosas manos.
Recibí cartas suyas durante un tiempo, pero no las contesté.
Aún hoy no sé explicar el motivo.
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